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lunes, 18 de febrero de 2013

demasiado severo el autor Carlos Mesa cuando enfoca el catolicismo a la luz de la renuncia de Benedicto XVI. combatir el relativismo, recuperar terreno dominado por el escepticismo, ser progresista social, criticando al capitalismo del consumismo, no funcionó y la salud quebrada y sentir que falta fuerza...todo enriquecedor!


Joseph Ratzinger tomó la decisión más importante de su pontificado, aquella por la que será recordado siempre, la de decirle a su Iglesia y al mundo que un ser humano, precisamente por serlo, puede llegar a la conclusión, tras una larga reflexión de conciencia y en su caso a través de la oración, de que no está en condiciones de cumplir las obligaciones de conducir a una de las congregaciones más importantes del planeta. Difícilmente se puede encontrar un acto de mayor responsabilidad y valentía.
A diferencia de su célebre predecesor que “murió con las botas puestas”, cuando era evidente que su estado físico y muy probablemente mental eran penosos e incompatibles con su cargo, Benedicto, anciano ya, con los achaques de la edad, con serios problemas en la vista, afectado espiritualmente, pero lúcido como lo prueba su último libro “La Infancia de Jesús” (2012), optó por renunciar a tiempo.
Las razones que lo motivaron no dejan lugar a dudas. “Para  gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en  los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado”, dijo.
Ratzinger venía precedido del halo de “gran inquisidor”. Fue siempre un convencido de que la primera batalla de la Iglesia era combatir el relativismo moral que domina a buena parte de los católicos del mundo. Pretendió que la Iglesia recuperase terreno en un continente, el suyo, dominado por el laicismo y el escepticismo. Mantuvo una postura progresista en temas sociales y económicos, siguiendo la línea crítica al capitalismo y al materialismo de la sociedad consumista que la Iglesia había inaugurado en el Vaticano II. La paradoja: como uno de los intelectuales más sólidos del catolicismo estuvo próximo en sus orígenes a la Teología de la Liberación, contra la que acabó estrellándose. Una Teología, hay que decirlo, que se extravió y desdibujó en América Latina tras el entusiasmo del cristianismo revolucionario de los 60 y 70.
Pero todo ese “programa” se hundió dramáticamente. El enemigo estaba en casa. ¿Cómo enfrentar un mundo en crisis con una Iglesia tan profundamente penetrada por los “males del mundo”? El horror de la pederastia sistemática en buena parte de su seno, fue un golpe demoledor. Benedicto fue enérgico y claro en el tema, pero llegaba tarde, después de años de protección y complicidad criminal, después de miles de víctimas destruidas física y psicológicamente. Las sombras de Marcinkus, Calvi y el escándalo del caso “Propaganda Due” en el siglo pasado no se habían extinguido, las dudas sobre los manejos económicos del dinero vaticano volvieron a ponerse en evidencia. La traición sufrida por el Papa con las filtraciones de información confidencial hechas por su mayordomo fue, finalmente, un golpe devastador.
Su último mensaje público complementa las razones de su retiro. Afirmó que en la Iglesia hay división e hipocresía ¿Alguien necesita investigar mucho para entender por qué se va?
Cuatro cuestiones esenciales quedan pendientes. La primera: en América Latina donde vive casi la mitad de los católicos del mundo, la expansión de las nuevas denominaciones cristianas es exponencial, como consecuencia la Iglesia pierde terreno de modo constante en la región. La segunda: la disminución de vocaciones está abriendo una brecha insalvable entre el número de pastores y el número de fieles. La tercera y la cuarta que probablemente explican parte de las dos primeras: el celibato obligatorio es una condición absurda e insostenible en el siglo XXI, además de carecer de fundamento evangélico real. La imposibilidad de que las mujeres sean ordenadas y ejerzan el sacerdocio en condiciones de estricta igualdad con los hombres es un grave e inaceptable anacronismo machista.
Por su propia raíz intelectual y sus convicciones más profundas, Benedicto no era el Papa destinado a encarar estos temas, pero con gran visión ha abierto las puertas para que esos cambios puedan ser encarados por su sucesor.
Serán los cardenales, interpelados por el Pontífice saliente, quienes decidan el futuro escogiendo al hombre adecuado. Sería deseable que elijan a alguien joven y latinoamericano, pero sería inteligente que elijan a un hombre dispuesto a ser un nuevo Juan XXIII, tenga la edad y el origen que tenga.
Benedicto XVI con esta decisión revolucionaria en una Iglesia atribulada, sienta un gran precedente. De aquí en más el cargo papal no es necesariamente vitalicio, y de aquí en más se entenderá como heroico y valiente irse cuando las condiciones físicas y mentales han abandonado al pastor, no —como hasta ahora—  morir “con las botas puestas” hecho un guiñapo.
El autor fue Presidente de la República
http://carlosdmesa.com/
Twitter: @carlosdmesag

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