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viernes, 27 de abril de 2018

Alemania conserva su catolicismo muy arraigado, los años del comunismo secante que sucedieron a la Guerra, no consiguieron desarraigar la tradición religiosa anidada en las familias de ahí, que no llame la atención su ratificación de la Cruz como signo cultural que no debe ser extirpado de los edificios público, sino más bien conservado como símbolo de la identidad alemana.

A partir del próximo 1 de junio, todos los edificios de la Administración regional de Baviera deberán tener un crucifijo en lugar visible en la entrada y se valorará también que las cruces vayan poblando salones y despachos de los edificios públicos. Es una orden directa del presidente de Baviera, el socialcristiano Markus Söder, que ha justificado la decisión recordando que “la cruz no es un símbolo religioso, sino el símbolo fundamental de la identidad cultural del carácter cristiano-occidental” y por ello “no viola el principio de neutralidad” a que están obligadas las administraciones públicas en Alemania.
El crucifijo ya fue motivo de polémica en esta región alemana en 1985, cuando un padre protestó por las cruces en el colegio de sus hijos, y recibió como respuesta del Tribunal Constitucional, diez años después y con decenas de miles de católicos protestando en las calles, que si algún padre se oponía con “razones serias” a una cruz en una escuela, esa cruz debía ser retirada. A nadie escapa que Söder juega ahora una baza electoral, de cara a las regionales del próximo otoño. “Queremos enviar una señal clara de que la gente desea subrayar su identidad”, ha dicho el presidente de Baviera, luterano practicante y que ha colgado personalmente en la Cancillería una cruz regalada en su día por el cardenal Friedrich Wetter, arzobispo emérito de Munich, y bendecida por la Iglesia evangélica, que hasta el 2008 ornaba la sala del Consejo de Ministros del gobierno regional. Y como era de esperar, el anuncio ha levantado ya una polémica en los medios de comunicación alemanes. La profesora de Teología Práctica de la Universidad Albert-Ludwigs de Freiburg, Ursula Nothelle-Wildfeuer, ha denunciado que “se trata de una instrumentalización política de la cruz, que es fundamentalmente un signo religioso, no identitario de una cultura o una región”.
Mohamed Abu El-Qomsan, presidente del Consejo Central de los Musulmanes de Baviera, se ha quejado formalmente por la “violación de la neutralidad religiosa que supone la medida. “Por supuesto que es un símbolo religioso, no cultural y tanto los judíos y musulmanes como los ateos están afectados”, ha dicho.
“En cada una de las habitaciones de la redacción de Dom Radio cuelga un crucifijo”, dice el redactor jefe de este medio católico alemán, Ingo Brüggenjürgen, “pero no tiene que ver con nuestra identidad de habitantes de Colonia sino con el reconocimiento de la necesidad de orientar nuestra vida hacia Cristo. Quizá las cruces en Baviera sean un buen principio en esa dirección, pero si solamente son un instrumento electoral del señor Söder creo que no es el más adecuado”.
alemania es sin duda una

jueves, 19 de abril de 2018

llena el espíritu la piedad cristiana del texto de Los Tiempos al presentar al público la restauración del Convento de Santa Teresa en pleno centro de la ciudad de Cochabamba. el mensaje profundo y oportuno nos libera por un instante del tráfago de la nota violenta, preocupante, negativa que por desgracia accede en la noticia.

El convento de Santa Teresa está restaurado. Glorioso regocijo ver esa noble y austera edificación, de más de dos siglos y medio de antigüedad, lucir los arcos y columnas de sus corredores, las paredes de sus salas pintadas —a mano y con pincel— con diseños sobrios y coloridos; las arañas de cristal relucientes como estrellas, la uniforme y despojada belleza de esas vigas y cañahuecas de su techumbre, visibles desde el interior, la fría aspereza de las rocas desnudas de esos muros que rodean sus estrechos pasadizos que suben o bajan, uniendo los techos —de solidez impresionante— con los plácidos pasillos del primer piso y la calma del patio, cuadrado y venerable.
Es el resultado de la iniciativa y el tesón de varios sacerdotes, la inversión de más de un millón de dólares —donados en su mayor parte por el Gobierno estadounidense— y cinco años de trabajo, invalorable, de albañiles, artesanos, artistas y arquitectos que desplegaron su saber, aprendieron de aquellos que construyeron el lugar y enseñaron a otros, las habilidades para restaurar, cualquier día, otras edificaciones veteranas.
Todo ese esfuerzo y esmero brilla ahora en el antiguo convento, y hoy también museo, donde parecería que en cualquier momento se abrirá una de esas menudas puertas, para dejar pasar a una monja que, silenciosa, abandona su celda, camina ágil sobre los limpísimos ladrillos del pasillo hacia la capilla para cantar los salmos de la hora nona o de vísperas… o se dirige a confraternizar con sus compañeras de claustro, en el patio.
El mismo patio que la noche del martes acogió el acto de reapertura de ese venerable lugar. Acto brillante y de impecable organización, donde —luego de la bendición arzobispal—, los cerca de 500 invitados se deleitaron con el arte de cinco jóvenes músicos virtuosos llegados de Nueva York para amenizar un evento cuyo ambiente pareció olvidar el espíritu de ese edificio, impregnado con las oraciones y la espiritualidad de decenas de monjas que se sucedieron durante siglos y llevaron una vida contemplativa dedicada al amor de Dios, al trabajo, la oración y la fraternidad.
La paz y espiritualidad del Carmelo perviven seguras detrás de los muros del convento-museo de Santa Teresa, en el pleno centro —bullicioso y mundano— de la ciudad. Ahora está abierto a los visitantes que sabrán recordar, cuando recorran sus pasillos, salones, celdas de claustro y otros ambientes, que están en un lugar de oración, de espiritualidad y regocijante silencio.