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domingo, 21 de octubre de 2007

El Poder de la Oración (De periodista digital)

La oración de petición nace siempre de un grito del hombre dirigido a Dios con el que pretende arrebatarle una respuesta eficaz a una necesidad humana concreta.

Con la oración de súplica, el hombre desea fervientemente que Dios intervenga en la historia particular del hombre, y la cambie.

Sin embargo, pedir con intenciones de eficacia, no parece ser el modo cristiano de rezar que Dios desea para el hombre.

Cuando se piensa que Dios puede alterar el curso normal de los acontecimientos de la historia, por petición o capricho del hombre, nos aleja de la idea del Dios cristiano que los Evangelios nos enseñan. Rezar buscando siempre un resultado eficaz es más propio del que se pone en manos de un mago que de la actitud de un creyente.

La oración cristiana es en sí misma gratuita y materialmente ineficaz, porque no busca resultados inmediatos, ni puede ser nunca moneda de cambio para conseguir cualquier tipo de beneficio contable.

La oración del creyente se establece en una tesitura totalmente diferente y difícilmente cuantificable, porque no sabe ni de resultados, ni de números, ni de cantidades.

La oración cristiana y gratuita es ante todo incondicional. A Dios no se le pueden poner condiciones, para arrebatarle nada que no nos haya concedido por adelantado. En Jesucristo se nos ha dado todo y no hay nada nuevo que ya no se nos haya ofrecido y que se pueda pretender conseguir de nuevas.

El misterio de la oración parte justamente del descubrimiento que hace el creyente al descubrir que en Cristo ya se ha recibido todo. Se reza para poder percibir lo que Dios le ha regalado al hombre y que ya le pertenece a éste por pura iniciativa generosa y amorosa de Dios.

En ese sentido, la oración de petición va dirigida a Dios para abrirse a la percepción de lo que ya se posee. La oración cristiana es más teológica o trascendente si cabe que antropológica.

En otras palabras, Dios no necesita de nuestros ruegos. En la oración de súplica se pide entonces descubrir la presencia de Dios en todo aquello que configura la vida del creyente.

La súplica de la oración no es causal, sino expresión de alabanza y diálogo interpersonal, porque en el caso contrario la oración se convertiría en un medio para manipular a Dios. Mucho antes de que se lo pidamos, y sin ni si quiera pedirlo, Dios sabe bien lo que el hombre necesita.

El orante no debe desafiar nunca a Dios, porque distorsiona la calidad y la esencia misma de la oración.

Dicho en otros términos, me atrevería a afirmar que la oración, por su esencia gratuita e incondicional, no es eficaz en sí misma, vista desde la óptica material, entendiendo esto como si Dios pudiese intervenir en la historia personal del hombre para modificar su curso natural.

Luego si la oración no es eficaz, ¿qué función desempeña en la vida del creyente? Simplemente, es el modo que el hombre tiene de establecer un diálogo abierto con Dios. Y si hay diálogo es que primero existe la escucha.

La escucha de Dios se posibilita a través de su Palabra, del ejemplo de los demás, y de los acontecimientos de la vida en los que es posible percibir su presencia.

Todo está habitado por la presencia del Misterio, pero hay que saber percibirlo, y eso sí es objeto de la oración de petición. A Dios le pedimos que nos abra los ojos para descubrir su paso sigiloso a través de los pequeños gestos que componen nuestra vida.

Con esto no estoy afirmando que la oración de petición sea inútil, sino que forma parte de un proceso que debe conducir al creyente desde la rebeldía por la falta de aceptación de una realidad vital, hasta llegar al diálogo de Padre a hijo donde se experimenta el consuelo de la presencia del Amado, que sin modificar la materialidad de la necesidad concreta, nos permite comprender y aceptar el dolor y el sufrimiento que la vida inflige al hombre en determinada situación.

No se trata ni de derrotismo ni de resignación mal entendida. La palabra re-signación está compuesta de dos términos muy importantes: darle un nuevo significado a la historia personal que nos tiene afligidos.

Sólo Dios, a través de su intervención en el corazón del orante, puede lograr que tengamos una nueva y mejor comprensión de ese acontecimiento de nuestra vida que nos ha quitado la paz interior.

En ese sentido, la historia dolorosa del hombre se convierte, de repente, por el poder de la oración, en un símbolo de la presencia de Dios, capaz de transformar el enfoque distorsionado que nos tenía anclados a una visión excesivamente material de la realidad.

Cuando se logra re-significar la vida, Dios se hace el cercano, el perceptible, el palpable, donde se le puede experimentar sin necesidad de que altere la naturaleza de nuestra historia.

El dolor no me lo quita nadie, ni Dios si quiera, pero Él sí lo llena de sentido, dejándose percibir por el orante como mediación generadora de consuelo y esperanza, pese a todo, allí mismo donde antes sólo se veía desolación y sufrimiento. Ahí, precisamente, es donde está Dios, porque la oración ha logrado que la realidad se convierta en símbolo de su misma presencia.

Al final del proceso de maduración de la oración, que va de la súplica al diálogo, se comprende bien que el ejercicio del creyente no ha sido un monólogo ineficaz y absurdo, sino un diálogo con alguien silencioso que “eficazmente” ha modificado la visión del mundo, permitiendo que nazca la experiencia personal de Dios, sin haber alterado el curso natural de la historia individual.

domingo, 14 de octubre de 2007

Si Dios es Amor, qué es creer?

Propongo contemplar la fe cristiana como compromiso de amor con el ser humano, compromiso con una vida digna para cada uno de los seres humanos y para todos juntos. Hace años estuvo muy en boga referirse a la fe bajo esta preocupación encarnada y liberadora. En nuestros días, por razones que aquí no vamos a exponer, otras dimensiones de la fe han adquirido un protagonismo más destacado. Con todo, nadie duda ya, al menos no debería hacerlo, de que la teología y la experiencia cristianas son inteligencia del amor y práctica misericordiosa. Se discute de uno u otro modo sobre los significados de esta definición, advirtiendo de su especificidad y diferencias por comparación con las luchas humanas identificadas con la justicia “política”, pero, en cuanto a su puesto característico en la vida de fe, nadie deja de reconocer la condición comprometidamente liberadora de la fe cristiana.¡Porque no es cualquier compromiso al que convoca la fe, sino aquél que puede ser reconocido en sintonía con la vida y palabra de Jesús, es decir, integralmente liberador del ser humano en todas sus dimensiones! Con ello estoy diciendo que no elegimos nosotros el carácter liberador de la fe, ni depende de nuestros gustos personales entender de uno u otro modo lo de liberador. Ciertamente es objeto de un discernimiento prudente y concreto en cada circunstancia personal y social, sí, pero bajo las pautas fundamentales de la persona de Jesús, el Cristo de Dios, de su vida, de sus palabras, de sus actitudes y de sus preferencias, y, entre todas ellas, la compasión por los pobres, débiles y pecadores. Discernimiento, por supuesto, en comunión con la Iglesia, pero que ella misma tiene que obedecer para vivir y actuar en el Espíritu de Jesucristo.
Al contemplar la fe por el lado del compromiso, como he dicho, no olvidamos ni callamos que su última raíz es una experiencia personal y honda de Dios, una experiencia religiosa. El compromiso cristiano, lo que llamamos práctica de la caridad personal y social, está referido a Dios, a la experiencia que tenemos del Amor de Dios, como a su raíz más profunda. ¡Cuidado, por tanto, con que no se nos reseque! Reconocemos la necesidad de cultivar esa experiencia religiosa radical, la nuestra, experiencia de la misericordia entrañable de Dios con nosotros. Corregir nuestros olvidos y descuidos en este sentido, es muy importante. Vital, diría yo. Pero, añado de inmediato, ¡atención!, que nadie crea que puede encontrar a Dios, el gran Otro, fuera y lejos de los otros, nuestros prójimos; que nadie crea que, si se debilita esta experiencia religiosa, ya no merece la pena la acción solidaria y justa de los cristianos, pues puede ser, en épocas de invierno para la Iglesia y la fe, el rescoldo que nos queda para calentar nuestros espíritus, mientras llega la primavera del Espíritu; y que nadie crea, menos aún, que la oración desencarnada puede sustituir con ventaja la falta de compromiso cristiano. Sigue siendo necesario subrayar y probar, yo así lo creo todavía, que el olvido del compromiso nunca puede ser suplido por la oración fervorosa; y es que nunca las buenas intenciones son igual a las mejores acciones caritativas. Rectas intenciones tenían todos en la parábola del buen samaritano, pero sólo éste confesó la fe en el verdadero Dios, haciéndose prójimo del necesitado. Este vuelco en la fe es sustancial, para comprender el compromiso caritativo liberador como el comienzo real de la oración cristiana y de su teología.
Por tanto, al pensar la fe como compromiso personal y social, no podemos caer en el error de querer vivirla con olvido de los pobres reales, los predilectos de Dios, “la niña de sus ojos”. Esta idea debe estar clara, antes de profundizar en el alma caritativa de la fe, es decir, en cómo la fe cristiana es esencialmente, ¡también!, compromiso práctico, histórico, social y público. Debemos además pensar todo esto, finalmente, sin olvido de los contextos o escenarios sociales del compromiso de los cristianos: contextos de injusticia estructural, creciente, globalizada y televisada. No es el momento de describirlos, pero están ahí condicionándonos en todo y a todos. Olvidarlos al hablar de la fe como compromiso liberador, sería tanto como hablar de las bondades del alpinismo sin hablar de la orografía y el clima del lugar al que vamos a viajar.

(de Periodista Digital. Suplemento Religión. I de IV)

lunes, 8 de octubre de 2007

Para cuando te sientas enojado con Dios

¿Alguna vez te has enfadado con Dios? La pregunta va dirigida, como es lógico, a los que creen en Dios. Tendría guasa que te hubieras enfadado, aunque sólo fuera una vez, con quien crees que no existe. Insisto ¿alguna vez te has enfadado con Dios? ó ¿Tú eres de los que se enfadan pero lo llaman de otra manera? Déjame hacerte otra pregunta: ¿Te gustaría saber cómo reaccionaría Dios si nos enfadáramos con él aunque no tuviéramos razón?

Hace muchos años hubo un profeta que se llamaba Jonás. Si, aquel que pasó tres noches en la suite principal del hotel “El Gran pez” y — ya ves — ¡cuánto ha dado que hablar todo aquello! Pues este tal Jonás se enfadó con Dios un día porque lo consideró incongruente, incoherente, inconsecuente y contradictorio.

La cosa vino al enviarlo a Nínive con un mensaje de destrucción y perdonar luego a todos sus habitantes porque se arrepintieron de su maldad.
— ¿Tienes acaso razón para enojarte? — Le preguntó Dios al ver su estado de ánimo y comprobar acto seguido que estaba tan enfadado que lo dejó plantado y se marchó sin decir palabra —.
— ¿Tienes acaso razón para enojarte? — Volvió a preguntar Dios con paciencia en un nuevo y posterior encuentro con su irritable siervo —.
— Tengo razón para enojarme hasta la muerte —respondido Jonás dando rienda suelta a la ira acumulada —. (Nosotros hubiéramos dicho: ¡Esto es para morirse!).

Es curioso pero Dios no destruyó de un soplo al protagonista de tal insolencia, al contrario, “le aguantó el tirón con serenidad” y optó por dialogar. Le dio sus razones pues no se podía perder de vista que lo mandó con un mensaje contundente que era un aviso serio pero con la sana intención de perdonar. Hasta se lo ilustró con una planta que nació y despareció en veinticuatro horas — ya conoces la historia —.

Por último le dio tiempo, por lo menos eso parece indicar la manera en que acaba el libro. Como si Dios, después de haber puesto a su alcance los elementos necesarios para aceptar la situación, le diera tiempo y ocasión para asimilar todo aquello.

Tal vez las muchas cosas de Dios que no entendemos nos producen malestar y ocasionalmente hasta enfado. Podemos callarlas permitiendo que se nos queden dentro mientras nos engañamos a nosotros mismos pensando que las hemos aceptado, pero eso nos lleva a la desilusión y al escepticismo.

En cambio es bueno decirle con toda sinceridad lo que sentimos, sin reservas ni tapujos ¿No crees que quien pudo perdonarnos y salvarnos también tendrá la capacidad para comprendernos?

Luis Ruiz es ingeniero y escritor