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miércoles, 11 de noviembre de 2015

Los Tiempos comenta la Conferencia Episcopal que acaba de cerrar su Asamblea número 100 recordando la visita de Francisco y las enseñanzas que ha dejado en Bolivia, reflexiona sobre gastos insulsos no imprescindibles del Gobierno olvida la austeridad, la violencia y en narcotráfico están en el mensaje que protesta por el trato impositivo y el trato igual con empresas que ganan dinero como a las obras sociales de servicio

Como se ha hecho tradición, al concluir la centésima Asamblea General de la Conferencia Episcopal Boliviana (CEB) los Obispos han emitido un mensaje en el que, por un lado, destacan los acontecimientos internos en 2015, fundamentalmente la visita del Papa Francisco y sus orientadores mensajes, la realización del V Congreso Eucarístico y el anuncio de la celebración desde el próximo mes del “Jubileo de la Misericordia” instituido por el Sumo Pontífice.
Sobre la visita papal sostienen que Francisco ha dejado “tantos gestos y palabras para alimentar nuestro compromiso de discípulos al servicio del Padre en la construcción del Reino y la búsqueda de progreso en unidad y libertad”. El Congreso Eucarístico permite ratificar la obligación de poner “a los más pobres en el centro de nuestras preocupaciones”. Y el Año Jubilar de la Misericordia “será una oportunidad extraordinaria para poner el perdón de Dios en el primer lugar de nuestra vivencia cristiana (...)” y ser capaces de superar aquello que “empaña las relaciones humanas”.
Así, todos esos acontecimientos, sostienen los pastores de la Iglesia Católica, consolidan su presencia en el país y, sobre todo, abren nuevas experiencias de encuentro espiritual para profundizar el servicio y el compromiso con los más pobres, “los descartados en nuestro país”.
A partir de esas reflexiones, los Obispos, que han renovado su directiva,  denuncian “la capciosa interpretación de las normas para imponer como obligatorias las excepciones del aborto impune, propiciando así la muerte de tantos inocentes (...) y el legítimo derecho a la objeción de conciencia de los operadores de salud”.
Expresan su preocupación por “la exaltación de las ideologías que no dejan ver la realidad de los más necesitados ni escuchar su voz. Muchos tienen miedo a expresar una opinión diferente del pensamiento ideológico dominante que se pretende imponer a toda costa, amedrentando y descalificando al que piensa distinto” y critican que se haga “gastos en obras no esenciales, descuidando la salud y la educación e ignorando las prudentes llamadas a asumir políticas de austeridad”. La violencia, que crece y genera inseguridad ciudadana; el narcotráfico y la adicción a la droga, que van ganando terreno en el país; la corrupción, que “quita a los que siguen marginados la oportunidad de un justo rescate”; el acoso y la impunidad políticas, son también temas que los Obispos denuncian, fenómenos que esperan no roben “la esperanza de lograr un verdadero cambio”.
Insisten, una vez más, en que “se hace más difícil realizar la labor de promoción humana para los más necesitados de la sociedad a través de los centros de asistencia social” porque “se trata impositiva y económicamente con las mismas exigencias a las obras sociales de servicio y sin fines de lucro que a las empresas que generan ganancias. Todo esto es desigualdad social y provoca una mayor injusticia”.
Se trata, una vez más, de un nuevo llamado de atención a la sociedad, tanto a gobernantes como gobernados, y bien nos hará escuchar y atender, pues al margen de si se pertenece o no a esta  Iglesia, sus autores tienen una autoridad moral que emerge de su cercanía a la gente.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Francesco Zaratti escribe con pluma galana sobre "las mujeres de Francisco", el de Asís, su madre Pica, Clara quién ingresó al convento y fundó "las clarisas" y una tercera Jácopa que siendo rica asistía al santo con medicinas y vituallas para los pobres. admirables los detalles biográficos que Francosco nos relata.

Retorno en la órbita del  “Satélite de la Luna” después de un largo viaje en el cual he vuelto a comprobar que un lugar turístico-histórico se comprende y gusta mucho más a través de la guía de un amigo del lugar.
Esa experiencia la viví en Asís, la tierra de San Francisco, que suelo visitar infaltablemente cada vez que retorno a Italia, no solo por mi sintonía espiritual con el Santo cuyo nombre llevo sino por la presencia, en sus cercanías, de amigos con quienes he compartido ideales y experiencias de toda una vida. Cada visita es una fuente de descubrimientos y esta vez no ha sido la excepción, debido a la profundización de aspectos poco conocidos u olvidados de la vida de Francisco.
Como en la vida de Jesús, también en la de Francisco hubo mujeres que desempeñaron un rol relevante: dos de ellas bien conocidas (su madre y la discípula Clara) y otra probablemente desconocida  para la mayoría de mis 25 lectores.
La madre de Francisco, Pica de Bourlemont, era originaria de la Provenza francesa. Su esposo Pietro, admirador de Francia, impuso el cambio del nombre con que había sido bautizado en su ausencia su primogénito (Giovanni) por Francesco, raro nombre en esa época. Pietro era un hombre extremadamente rico, que hoy podía haber comprado, sin ninguna sospecha, un par de canales de televisión. Prueba de aquello son sus frecuentes viajes a Francia para traer telas y paños muy costosos al grado que  estaba obligado a contratar un pequeño ejército que garantizara la seguridad de su mercancía. Debido a las prolongadas ausencias del padre, la educación de Francisco estuvo a cargo de su madre, a quien el hijo brindó respeto y admiración durante toda su vida.
Al contrario de lo que muestra la meliflua película de Franco Zeffirelli (“Hermano Sol, Hermana Luna”) los encuentros entre Clara y Francisco, quien era 12 años  mayor que ella,  se circunscribieron a la protección otorgada a Clara después de la fuga de su hogar para practicar la espiritualidad franciscana y a los buenos oficios de Francisco para que encontrara un morada donde vivir en clausura con sus hermanas, las Damas de la Pobreza. Clara volvió a ver a Francisco ya muerto, cuando el cortejo fúnebre pasó delante del Convento de San Damián.
En la cripta de la Basílica Inferior, frente a la tumba de San Francisco, se encuentra, casi desapercibida y poco iluminada, la tumba de Jácopa de Settesoli, una noble y acaudalada mujer romana conquistada por la predicación de Francisco en sus viajes a Roma y convertida en su seguidora, protectora y amiga piadosa. Tanto era el aprecio y el cariño que le tenía Francisco y tan fuerte el carácter de ella que recibió el nombre de “Fray Jácopa”, como si fuera un hermano más de su orden.  Después de quedar viuda, Jácopa se despojó de muchas de sus posesiones para viajar con más frecuencia a Asís llevando remedios contra las enfermedades que afligían al Santo y los tradicionales “mostaccioli”, unos biscochos romanos apetecidos por Francisco.
Pocos antes de la muerte del Santo, Fray Jácopa llegó a Asís y, por voluntad expresa de Francisco, fue admitida a presenciar su tránsito y a enjuagarle el sudor de su rostro. Jácopa le trajo, junto a los infaltables mostaccioli, el vestido para la sepultura y su velo de novia con el que cubrió el cuerpo sin vida del Santo.
En un castillo romano que perteneció a la ahora “Beata” Jácopa se han encontrado documentos que revelan la consecuencia espiritual de esa extraordinaria mujer en el trato y derechos, revolucionarios para sus tiempos, que otorgaba a sus campesinos.  En fin, reconforta descubrir en la Iglesia hermosas figuras de mujeres, que brillan a pesar del dominante machismo que aún hoy  la asfixia.