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miércoles, 24 de agosto de 2011

José Gramunt sacerdote y periodista cuya voz se escucha desde hace medio siglo en Bolivia se refiere a la trascendente presencia de Benedicto XVI en Madrid. "El mundo necesita la fe de los jóvenes" proclamó el anciano pontífice.

Mi anterior comentario del domingo pasado quedó a menos de la mitad de lo que fue la presencia del papa Benedicto XVI en la Jornada Mundial de la Juventud 2011, celebrada en Madrid en días pasados. Retomando el hilo de la narración, empezaré por el final que fue la celebración de la Eucaristía participada por más de un millón de personas, jóvenes la mayoría. Durante la previa vigilia, aquella multitud enfervorizada tuvo que soportar en la gran explanada del antiguo aeródromo de Cuatro Vientos (rara coincidencia) una furiosa tempestad. En la misa de clausura del domingo, Benedicto XVI retomó la idea de su antecesor, Juan Pablo II, exhortando a la juventud a “responder con generosidad y valentía como corresponde a un corazón joven como el vuestro”, al llamado del Señor. “El mundo necesita la fe de los jóvenes. Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe”.

Atento a la pretensión de quienes presumen de vivir un cristianismo a la carta les aclaró paternamente que quienes pretenden “ir por su cuenta de vivir la fe según la mentalidad individualista corren el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo o de acabar siguiendo una imagen falsa de él”. En el emotivo Vía Crucis oró y meditó por quienes sufren por el racismo, por la migración, por las víctimas de la violencia, por los que han sufrido abusos sexuales, por los afectados por el desempleo y la crisis económica, por los discapacitados y los enfermos del sida.

El sábado, el Papa se dirigió a los seminaristas. Fue exigente con ellos al advertirles que “los años de seminario deben ser de silencio interior, de permanente oración, de inserción paulatina en las acciones pastorales”. En el Vía Crucis, el Papa pronunció una de las frases más necesarias en este mundo hedonista: “a no pasar de largo ante el sufrimiento humano”. Palabras que merecerían escribirse en letras de bronce, a la puerta de toda institución de la Iglesia.

Estimo oportuno destacar la generosa colaboración de las autoridades autonómicas y municipales de Madrid que hicieron posible la espléndida Jornada. No menos apreciable fue la adhesión de las más altas autoridades del Estado (laico, por cierto), desde los reyes hasta el Gobierno socialista. Esto último, tanto más remarcable dadas las serias diferencias ideológicas con la Iglesia (legitimación del aborto y la eutanasia, matrimonio gay y adopción de menores por parejas del mismo sexo, entre otras). La Jornada Mundial de la Juventud no era el escenario para tratar éstas y otras diferencias. Todos respondieron con veneración y respeto a la invitación del Pontífice romano.

Que hubo manifestaciones públicas contrarias a la Iglesia, las hubo. Como suele ocurrir en todo acontecimiento de verdadera importancia que no puede evitar las ruindades de quienes no llegan a comprenderlas. En resumen, la presencia del Papa y de jóvenes de los cinco continentes en la Jornada de este año, dejó una huella de fe vigorosa frente a un mundo titubeante y vacío de recias convicciones. En especial en la “católica España”, en la actualidad, doctrinalmente despistada. La próxima Jornada Mundial de la Juventud será en Río de Janeiro.

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