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sábado, 11 de septiembre de 2010

el autor considera que las especulaciones de si Dios existe o no, son trucos para la venta de libros

«Dios se ha convertido, para algunos, en una vaca de la que se puede sacar leche y queso ». No se asusten, que no es una blasfemia. Lo decía un místico alemán, Eckhart de Hocheim, un dominico simpático y con buena pluma que nació en la Edad Media y ha inspirado a un sinfín de filósofos, creyentes y no creyentes. El bueno de Eckhart se quejaba simplemente del tan traído y llevado concepto del Sumo Creador, al que se exprime hasta la última gota cuando «por definición se escapa a nuestra comprensión». Pero no importa, siempre hay excusa para entrar al trapo y engolfarse en dimes y diretes con motivo de Dios. En pleno siglo XXI, sigue dando mucho juego a la hora de vender libros. Ver para creer.
El último capítulo lo ha escrito Stephen Hawking junto a su colega Leonard Mlodinow en «The Grand Design» («El gran designio»), que ha hecho correr ríos de tinta antes de que nadie haya tenido oportunidad de leérselo de cabo a rabo. ¿De verdad Dios es una idea superflua? Si lo afirma Hawking, alguna credibilidad habrá que darle. ¿O no es para tanto? Toda la tormenta mediática, que va creciendo por momentos, tiene ese punto de partida. Y muy posiblemente se recrudezca con motivo de la primera visita de Benedicto XVI a Reino Unido —el próximo jueves—, ya que no faltará quien saque a colación el tema de marras en un país que cuenta con varios científicos obsesionados con el Más Allá.
El catedrático emérito de Cambridge se reafirma en una idea que lleva años defendiendo a machamartillo: Dios no es necesario para explicar el origen del Universo. Es una hipótesis que encaja a la perfección en su forma de pensar, modelada en su infancia por una madre apasionadamente comunista que más tarde le sirvió en bandeja las obras completas del filósofo Bertrand Russell, un ateo militante que dejó clara su posición en «¿Por qué no soy cristiano?». En aquel ensayo, Russell sostenía que «(...) la religión cristiana organizada como Iglesia ha sido y es aún la principal enemiga del progreso moral en el mundo». Y le habrá dado mucho que pensar a Hawking.
Ya en «Breve Historia del Tiempo», su «best-seller» de 1988, coqueteaba con el concepto de Dios para en última instancia dejarle poquísimo margen de acción. Hoy por hoy, ni eso; lo borra del mapa. Algunos colegas —como el catalán Daniel Arteaga— ya le auguran un gran número de ventas pero, al mismo tiempo, chasquean la lengua. «Ay, este tipo de polémicas le hacen un flaco favor a la Cosmología... ¡Este debate sobre Dios se sale del marco científico! Normal que muchos digan que la ciencia se ha convertido en la religión del siglo XXI... ¡Y no es así! Nosotros no estudiamos la naturaleza intrínseca de las cosas ni el sentido de la vida», aclara este doctor en Física Teórica.
El problema del mal
Lo propio de la ciencia es la cautela. Pisar sobre suelo firme. No obstante, para abrir camino hacen falta hipótesis que luego se confirman o descartan. Pues bien, como recordaba recientemente Jorge Wagensberg, profesor de Teoría de los Procesos Irreversibles en la Universidad de Barcelona, «la no necesidad de Dios es una hipótesis, ¡no una tesis!». O sea, se trata de una conjetura, nada que esté probado. Y eso no hiere la sensibilidad de nadie: baste recordar el caso emblemático del biólogo molecular y genetista Francisco José Ayala, un ex dominico que se define como «neodarwinista». En su trabajo prescinde de Dios tranquilamente y, a la hora de posicionarse más allá de la ciencia, no duda en defender su existencia.
¿Religión y ciencia son, por tanto, compartimentos estancos? «Nosotros nos ocupamos de la mente, vosotros del cerebro», solía repetir Juan Pablo II a los científicos, apelando a la típica distinción cuerpo-alma. Una separación que, como es lógico, trae de cabeza a los neurólogos: ¿puede haber mente sin cerebro? En fin, ahí queda el debate. Nada que escandalice al jesuita Juan Antonio Estrada, catedrático de Filosofía de la Religión en la Universidad de Granada: «La ciencia es metodológicamente atea». Estrada está convencido de que los «multiversos burbuja» y el «Big Bang» no hacen sombra al inspirador del cristianismo. Seguro que le haría gracia el chiste que una vez soltó el premio Nobel de Física Leon Lederman: «¿El origen del mundo? Puuuf, qué difícil. ¡Dios sabe lo que pasó!».

1 comentario:

  1. Es una lastima que el genial Hawking, se olvide de uno de los fundamentos de la física, la Segunda Ley de la Termodinámica, el principio de la entropia: todo tiende al caos.

    Es decir que una explosión no creara cosas ordenadas, sino todo lo contrario.

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