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lunes, 19 de abril de 2010

sólo las sociedades ajenas al pensamiento reflexivo reniegan de su fe religiosa. se cobijan en la ignorancia

La religión, un freno

David Añez Pedraza

La religión en los derechos humanos es parte de la libertad de conciencia. Hay libertad de cultos pero no hay libertad para atacar la religión. El Estado debe garantizar la libertad para que los hombres y mujeres de una sociedad puedan adorar a su Dios sin temores en su casa y en su templo. La religión es parte esencial de la identidad de los pueblos, de sus hábitos y costumbres, de su moralidad y de su ética. La religión es parte de la vida y del quehacer cotidianos.
Los gobiernos despóticos atacan a los prelados de la religión primero para después atacar a la religión misma directamente, a la que unos consideran “el opio del pueblo” y otros la consideran un freno al desenfreno de la sociedad, de los hombres y mujeres de la humanidad. Un pueblo sin religión, si acaso los hubiera, se entrega a la barbarie de las bajas pasiones, es un pueblo sin ley y sin Dios, por tanto vive en los tiempos del oscurantismo por encima de la racionalidad, la pasión disgregadora de las sociedades.
Sólo las sociedades aborregadas, carentes de pluralidad, ajenas al pensamiento reflexivo reniegan de su fe religiosa y se cobijan en los antros de la ignorancia y por consiguiente son presa de su propia incultura y de sus propias limitaciones. El cristianismo venció al tiempo y al olvido y se convirtió en la conciencia espiritual de la humanidad, cuando su legión de mártires se enfrentó en los coliseos de Roma a la ferocidad de los leones y fieras hambrientas. Habría que preguntarse ¿qué despotismo persiguió y persigue al cristianismo ahora por temor a su fe y a su comportamiento corajudo que va más allá de la eternidad?
Los hombres de fe, que construyen sus propios instrumentos sociales, no se arrugan ante los desafíos que les depara su fe y su Iglesia. El hombre y las mujeres de Iglesia no se arrugan ante los modernos coliseos de Roma; la mentira, la calumnia, la acusación fácil, bajo el decir burdo que proclama: “calumnia que algo queda”, la proterva y la difamación. Si Dios no existiera los hombres y mujeres de la humanidad hubieran tenido que inventarlo para sofocar los desatinos que tuercen los destinos de los hombres.
David Añez Pedraza, es licenciado en ciencias políticas

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