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sábado, 16 de julio de 2011

con la sapiencia del católico militante Jorge Siles Salinas se refiere a Scheler, Nietzsche y otros que acusaban a la Iglesia de "resentimiento"

Afortunadamente, se ha reeditado en castellano el hermoso libro de Max Scheler “El resentimiento en la moral”, publicado por la editorial de la Revista de Occidente en 1927. Como es sabido, el valor de ese estudio reside en la profundidad  con que en él se examinan las acusaciones lanzadas por Federico Nietzsche en contra del cristianismo al calificar su sistema moral como “la más fina flor del resentimiento”.

A juicio del autor de “Así hablaba Zaratustra”, a diferencia de toda moral egregia que brota de una triunfal afirmación de sí misma, la moral cristiana no constituye sino un modo negativo de enfrentar la vida, bajo la influencia de los oscuros sentimientos de la impotencia, la inferioridad temerosa, el fallido deseo de venganza. Movido por su aversión al cristianismo, Nietzsche califica los valores que éste preconiza -así, la humildad, la resignación, la mansedumbre- como valores propios de una moral de esclavos, de siervos, de seres dominados y resentidos que buscan el modo de disimular su impotencia bajo la máscara de la virtud.

Con iluminadora precisión, Scheler acertó a demostrar la falsedad de los juicios del filósofo que predicó el culto al Superhombre y la voluntad de poderío. Las virtudes cristianas -expuso Scheler-, lejos de originarse en el apocamiento o en la actitud servil tienen su fundamento en el egoísmo, en la plenitud de vida, en la grandeza de ánimo. “El sacrificio cristiano -dice el texto de “El resentimiento en la moral”- no es una acción dirigida contra la vida y su expansión: antes bien, hay un sacrificio que es libre dádiva de la propia riqueza vital, hermoso y natural desbordamiento de las fuerzas”. Nietzsche ha carecido de sensibilidad- piensa nuestro autor- para comprender los ideales supremos de la enseñanza cristiana; no ha sabido valorar en su significado exacto ni el ascetismo cristiano, ni el sacrificio cristiano, ni el amor cristiano. El párrafo decisivo tal vez sea el siguiente: “Preceptos tales como Amad a vuestros enemigos no exigen una pasividad dictada por la impotencia, ni tratan de confundir al adversario en secreta sed de venganza, ni son la expresión de un recóndito tormento de sí mismo. Por el contrario, tales preceptos obligan a desplegar la más extremada actividad contra la vida impulsiva natural”. ¿No es justo decir, en efecto, que el consejo de devolver bien por mal, el mandamiento de amar al enemigo, implican un heroico vencimiento de sí mismo, un esfuerzo moral que está más allá de lo instintivo y natural, una demostración de grandeza espiritual que solo cabe en almas nobles y superiores?
En relación con la ética de la Antigüedad, el cristianismo ha aportado conceptos nuevos de los que brota una manera infinitamente más valiosa de entender la vida: “el egoísmo, el miedo a la muerte (tan difundido en la Antigüedad), es una señal de vida descendente, enferma, quebrantada. En cambio, en el cristianismo, el sacrificio por el débil, el enfermo, nacen de la interior seguridad y propia plenitud vital. En la concepción cristiana lo noble se rebaja y desciende hasta lo innoble sin la angustia y el temor antiguos a perder y a volverse uno mismo innoble. La conciencia cristiana abriga la certidumbre de conseguir lo más alto en la realización de este acto de humillación.

Sin embargo, a Max Scheler no se le oculta el hecho de que si bien es falsa la acusación de Nietzsche (pues el cristianismo, lejos de ser la religión del resentimiento y de la inferioridad vital, es la más pura fuente de elevación espiritual y dignificación y de heroísmo), con todo, es preciso reconocer que la moral cristiana no está exenta del peligro de caer en la pendiente del resentimiento por lo mismo que las exigencia éticas que ella implica comportan un riesgo, un triunfo sobre el instinto- que nunca puede ser definitivo-, y, a la larga, la posibilidad de incurrir en el aforismo “Corruptio optimi, pessima”: nada hay peor que la corrupción de los hombres superiores. Por eso dice Scheler: “Nosotros creemos que los valores cristianos son susceptibles, con extraordinaria frecuencia, en transformarse en valores de resentimiento...  pero que la semilla de la ética cristiana no ha germinado sobre el resentimiento”. Según el análisis desarrollado en las páginas admirables de “El resentimiento en la moral”, al paso que el soldado es el tipo menos expuesto al peligro del resentimiento, el sacerdote, en cambio, es el que se halla más expuesto a ese peligro. Con profundo acierto describe Scheler las características que definen al tipo del apóstata: le vemos empeñado en realizar una continua cadena de venganzas contra su pasado espiritual; y vive solamente en lucha contra la antigua fe y para su negación.

Razón tenía Max Scheler al defender al cristianismo. La moral que éste predica es una moral de lucha, de heroísmo, de superación, de vencimiento de sí mismo. Nietzsche estaba profundamente equivocado al creer que la esencia de la moral cristiana está constituida por el resentimiento. Éste, en verdad, no es sino un peligro, un tumor letal que puede corromper al cristianismo, que puede arrastrarlo a la degeneración y a la decadencia, pero es un peligro, una amenaza cercana, un riesgo profundo contra el cual habrá de luchar sin tregua el espíritu que animará hasta el final a la Iglesia, en medio de las vicisitudes y penurias de las historias.

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