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jueves, 5 de enero de 2012

Harold Olmos suele ofrecernos los textos de Ramiro Prudencio un pensador bolivianos de muchos kilates hoy referidos al Cristianismo en la historia


Hace pocos días se celebró un nuevo aniversario de la Navidad de Jesucristo y sería pertinente recordar la forma cómo surgió y se expandió la religión cristiana en el mundo; religión que hoy es profesada por un tercio de la humanidad.
Cabe señalar que la primera referencia al cristianismo entre los historiadores antiguos se halla en la persecución ordenada por el emperador Nerón contra los cristianos asentados en Roma.  Fue el historiador Tácito (hacia el año 100 DC) quien hizo mención de ello comentando que ese emperador buscó supuestos culpables del gran incendio de la ciudad ocurrido el año 65, y eligió a “aquéllos detestados malhechores a quienes el vulgo llama cristianos, por el nombre de Cristo, que bajo el reinado de Tiberio fue crucificado por el procurador Poncio Pilatos”.  Luego agrega: “Esta semilla quedó entonces sofocada; pero cobró vigor no sólo en Judea, donde había nacido, sino también en Roma, donde abundan a porfía y adquieren celebridad todas las cosas atroces y repugnantes”.
Al mencionar a tales “malhechores”, Tácito se hace intérprete de los rumores que corrían en Roma, según los cuales, las comunidades cristianas sacrificaban seres humanos en sus liturgias y comían su carne.  Dichos relatos parece que surgieron de una torcida interpretación pagana de la doctrina cristiana de la “presencia” en la Eucaristía del cuerpo y sangre de Jesús.
No se tienen otras fuentes antiguas, salvo el historiador Josefo, sobre el más importante movimiento espiritual del mundo.  En cuanto a las referencias de los primeros cristianos, la mayor parte fue transmitida por vía oral y sólo cuando se necesitó precisar algún punto del ‘nuevo testamento’ (el nuevo pacto con Dios), se usó el idioma griego en su forma más sencilla.  Con el tiempo, este ‘libro popular’ se convirtió en el ‘Libro’ de todos los pueblos, ya que de ningún otro en el mundo se ha editado tantos ejemplares ni se ha traducido a tantos idiomas.
Después de Cristo, Mesías salvador y columna vertebral de la nueva doctrina, se debe destacar a otra figura extraordinaria, como lo fue Saulo, el cual tomó el nombre de Pablo, y quien fuera el principal propagador del cristianismo en el mundo y gestor de la ruptura con la antigua ley mosaica.
Sabemos que el cristianismo surgió del judaísmo como una de muchas otras sectas que existían antes de la destrucción de Jerusalén por los romanos.  Pero por instigación de Pablo, se rompió el cordón umbilical que unía al cristianismo con la religión judía materna.
Para Pablo, “el justo se salva por la fe” y, por tanto, el cumplimiento de la ley antigua no era fundamental.  En consecuencia, no se debía exigir la circuncisión a los feligreses pertenecientes al mundo de los gentiles.  Esto dio lugar a que los judíos ortodoxos, que consideraban esta ceremonia como la base del pacto de Dios con los hombres, rechazaran definitivamente toda relación con la doctrina de Jesús.
Desde ese momento, el cristianismo se convirtió en una religión autónoma, y con el tiempo, hasta antagónica con la judía, lo cual produjo una histórica aversión entre ellas que duró hasta el pasado siglo.  Y fue la labor de los últimos papas, sobre todo de  Juan Pablo II, lo que determinó que la religión judía y cristiana se reconciliaran e intentaran mantener estrechos vínculos basados precisamente en su común origen.
Corresponde por último, hacer referencia a la rápida propagación del cristianismo por todo el imperio romano.  A este respecto,  cabe señalar que la principal causa fue que los súbditos del imperio esperaban de la religión algo más que las ceremonias de un culto oficial en que no creían ni siquiera los que lo celebraban.   Y el cristianismo respondió precisamente a las aspiraciones del alma humana, porque propugnaba la igualdad de los hombres ante Dios, la solidaridad entre ellos, el perdón de los pecados, y la promesa de una felicidad eterna siguiendo una doctrina sencilla y maravillosa, condensada en un solo mandamiento: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

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