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lunes, 17 de noviembre de 2014

funcionarios del Gobierno, sin duda obedeciendo cierta línea, cada uno a su turno ataca a la Iglesia Católica. cualquier motivo es pretexto para observar y criticar ahora mismo a la condición de extranjeros a los Obispos. todo porque la Iglesia no se calla ante los problemas de los bolivianos. debe ponerse fin a la confrontación opina El Deber de SC

El ataque de altos funcionarios y dirigentes del MAS a la Iglesia aumentó de calibre en los últimos días. El más insensato de ellos, que excede el límite, porque contiene una carga xenófoba, proviene del presidente de la Cámara de Diputados. En una posición insólita, la autoridad legislativa exige que la institución católica cuente solo con obispos bolivianos y se deshaga de los que provienen del exterior, en una muestra clara de desconocimiento del funcionamiento del Vaticano. 

En la lógica del titular de la Cámara Baja, los religiosos extranjeros asumen una actitud opositora al MAS y de injerencia en la política interna de Bolivia. Para el legislador oficialista, solo los sacerdotes nacionales garantizarán la neutralidad partidaria en su trabajo. 

Nunca antes habíamos escuchado una exigencia tan desubicada y con un tono tan discriminatorio, que contradice los valores de inclusión e igualdad que pregona el gobierno del presidente Morales. 

En el mismo Poder Ejecutivo hay extranjeros que trabajan como asesores, lo que no es ilegal. También son frecuentes las alianzas con gobiernos de otras naciones, en el marco de una natural integración y amistad de los pueblos. El propio Evo Morales acaba de visitar al papa en El Vaticano, sin poner reparos a su origen argentino. Al contrario, el mandatario boliviano destacó el giro que ha dado la cúpula de la Iglesia mundial con la elección de un latinoamericano y un revolucionario como Francisco. 

Por eso, además de desatinada, la declaración del presidente de los diputados agrava la confrontación del Gobierno con el clero, que no conduce a buen destino. Ciertamente que los permanentes pronunciamientos públicos de los obispos son incómodos para autoridades que prefieren la ausencia de crítica. 

Jamás la Iglesia se calló frente a problemas cotidianos que afectan a las personas, ni lo hará ahora, según lo dicho hace unos días por su principal pastor, el cardenal, cuya trayectoria es impecable, como lo destaca el propio papa. Julio Terrazas no se calló ni en dictaduras ni en democracia. Tampoco lo hizo frente a abusos de poder de gobiernos de derecha, ni lo hará con los que se proclaman como revolucionarios de izquierda. En todo caso, si hubo exceso en la verborragia de uno y de otro lado, es el momento de poner fin a una confrontación desgastante e innecesaria. Sentarse a dialogar no implica ceder en creencias o convicciones. 

La Iglesia tiene problemas serios para sostener sus obras sociales y el Estado no puede mostrarse indiferente, menos aún, ofender a los obispos que exponen sus dificultades. Es tiempo más bien de pensar en salidas que ayuden a la gente y no ahogar los emprendimientos religiosos 

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